domingo, 30 de diciembre de 2012

Neurociencias y responsabilidad penal

Por Roberto Navarro Pecellín
Estudiante de bachillerato, Colegio Internacional Altair (Madrid)
III Concurso «Mejor entrada» del Blog Derecho y Cultura-Biblioteca de Derecho UAM

Neurociencias y responsabilidad penalEn primer lugar, las nuevas técnicas de la neuroimagen no han conseguido mostrar el funcionamiento del cerebro en su conjunto, ni desde el punto de vista cognitivo, ni en el campo de la afectividad o la memoria. Sin embargo, estas técnicas han reforzado la creencia de que el cerebro siempre tiene la última palabra en la explicación de la conducta humana. El cerebro trabaja en un 90% de forma inconsciente. Aceptar esto supone poner en entredicho el concepto de libertad de la voluntad de un individuo. Y, por consiguiente, tampoco podríamos exigirle responsabilidad.

Esto nos plantea un dilema: ¿Penalmente, alguien que comete un delito debería salir impune ya que no actuaría con plena libertad y, en consecuencia, no sería responsable de sus actos, o debería cumplir un castigo? 

Yo creo que no. Porque debería cumplir la ley igual que todos, ya que no se ha demostrado que esto sea cierto. Seguramente, en un futuro el avance científico sobre las técnicas de imagen cerebral conseguirán que, en algunos casos que en la actualidad se resuelven con una imposición de penas,  sean resueltos por avances neurocientíficos mediante medidas de seguridad, corrección o tratamiento. Pero mientras exista un orden social que tenga como principio la libertad y reconozca estructuras de responsabilidad tiene que existir la función social de la pena.

En la película «El secreto de sus ojos», el personaje Ricardo Morales se toma la justicia por su mano ante la impunidad del violador y asesino de su amada esposa. La percepción del dolor ajeno hace que durante toda la película sientas la pena y desesperanza junto con este hombre y, a la vez, la repulsa más absoluta por el comportamiento del asesino, deseándole lo peor. Lo singular es que en las escenas finales de la película tienes justo el sentimiento contrario, de pronto te preguntas en que se diferencian víctima y verdugo; porque, de pronto, compadeces al asesino a la vez que odias a la víctima. Sientes la angustia y desesperanza en el asesino, igual que antes la sentías por la víctima. En la escena en que el verdugo, atrapado en su celda, alarga su mano para tocar a Benjamín Espósito, protagonista, sientes su imperiosa necesidad de contacto humano y, sobre todo, cuando le pide no que lo libere o que lo ayude, sino que le ruega que le pida a su captor que le hable. Yo no me siento con la capacidad para juzgar a nadie, pero te preguntas quién es el bueno y quién el malo, cuál es la frontera del bien y del mal, y qué es justo o injusto.

La siguiente cuestión es si alguno de ellos hubiera podido actuar de otra manera. El verdugo es atrapado por unas fotos antiguas en las que miraba a la mujer violada y asesinada con una pasión enfermiza, siempre vuelto hacia ella sin mirar al objetivo de la cámara. Exactamente igual que hace el protagonista, oficial de juzgado, por su jefa de departamento. El sentimiento y la pasión es el mismo, como vemos en otra foto posterior de los miembros del juzgado. ¿Qué lleva a las personas a que con los mismos sentimientos y emociones se tome un camino u otro?

Neurociencias y responsabilidad penalOjalá que algún día la neurociencia pudiera desarrollar tecnologías y conocimientos que permitieran tratar, corregir y, sobre todo prevenir, todo tipo de alteraciones neuronales que llevaran a un comportamiento anti-social, en el caso de que realmente fuera nuestro cerebro el que determinara nuestro comportamiento.

Lo cierto es que, a día de hoy, no existen certezas, por lo que debemos guiarnos por el bien general. Lo único que podemos hacer es exigir y deber poder garantizar que la culpabilidad o inocencia del individuo sea valorada de acuerdo a los mejores conocimientos disponibles en el momento de juzgarle.

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