miércoles, 2 de enero de 2013

Responsabilidad penal de un asesino y neurociencia


Por Sebastián Luchetti Martínez-Berná
Estudiante de bachillerato, Colegio Internacional Altair (Madrid)
III Concurso «Mejor entrada» del Blog Derecho y Cultura-Biblioteca de Derecho UAM

El tema del trato hacia los asesinos es tan interesante como polémico, ya que las opiniones varían desde la aplicación de los castigos más comunes hasta lo más radical y extremista, pasando por lo insuficiente, puesto que se trata un tema fundamental: el derecho a la vida que niegan los asesinos al matar a una persona. Este derecho es el más importante, ya que sin él los demás no cobrarían sentido ni fundamento alguno.

Al cometer un asesinato, una persona niega a otra este derecho, y en base a esta acción sale el tema de debate: ¿qué responsabilidad tiene el que niega un derecho fundamental a otro? ¿Esa responsabilidad solo se aplica al que quita la vida a otra persona, o debería aplicarse a todo aquel que priva de algún derecho, el que fuere, a otro? ¿Es justo quitarle la vida a alguien que se la ha quitado a otra persona?

Las diferentes opiniones acerca de este tema generan una variedad de pensamientos, todos ellos válidos y, a la vez, una bruma que dispersa dichos pensamientos de las personas que son conducidas por los medios hacia lo más moral. Estos medios convencen a la población de que un asesino es una persona, al igual que todos los demás, y por eso el castigo que se le imparta no debería ser demasiado severo, ya que si les negamos sus derechos a ellos porque ellos han negado los derechos a otros, estaríamos cometiendo una supuesta contradicción en este aspecto. En cierto modo tienen razón, ellos también son personas, pero han privado de un derecho a otra,  y seguramente, al matar a alguien, estén destrozando una familia completa, así pues, ¿por qué íbamos a tratarlos como a cualquier persona, si han matado y destrozado una familia? Un asesino es una persona, sí, pero no es una persona normal, es una persona que ha hecho mucho daño a mucha gente, y ha atentado contra los derechos humanos. Esa persona no puede ir por la calle como cualquier persona, porque no es cualquier persona. No creo que merezca la muerte, no. La muerte no hace que la gente aprenda. La muerte no hace que la gente se lamente, solo es un alivio, solo les incapacita para darse cuenta de lo que han hecho y para sufrir como ellos hicieron sufrir a las familias que rompieron. Estas personas, los asesinos, deberían darse cuenta del mal que han hecho, y pasarlo mal con ello, no hay castigo mejor ni más eficiente.

Planteado como lo planteaban algunos filósofos como Nietzsche, no hay una verdad absoluta, y por tanto no hay una moral para todos, somos seres irracionales que debemos movernos por nuestros instintos básicos y animales, no por la moral que nos impongan las religiones. Ahora pues, ¿es verdad esto?, ¿es verdad que somos seres irracionales y no hay una verdad absoluta, y por tanto no hay una moral para todos? En cierto modo sí, ya que es verdad que no hay una verdad absoluta, y que la moral es muy difícil de asignar, ya que es muy relativa y en muchos casos tiene contradicciones. Pero por otro lado, no somos seres irracionales, y por lo tanto tenemos la capacidad de saber lo que está bien y lo que está mal, que matar a alguien si no es por defensa de la vida (es decir, defendiéndote a ti o al prójimo) no está bien. Aunque, como ya he dicho antes, esta moral es muy relativa, y tiene demasiadas variantes. 

Una persona que comete un asesinato debería ser encerrado de por vida, cadena perpetua (con sus excepciones, ya que hay casos de asesinato en defensa propia o en defensa del prójimo que serían justificados, aunque eso no quita que el estudio y la investigación en estos casos deba ser igual de intensa que en otros casos).

En una utopía subjetivamente justa, un asesino no debería ser capaz de volver a tener contacto con la sociedad, si no es para siempre, que sea durante mucho tiempo, y en caso de que su readmisión en la sociedad fuera concedida, que tuviera que haber un comité especializado en estos casos que plantease, razonase y argumentase cada caso en particular. Si consiguiera volver a ser admitido en la sociedad, deberían ser marcados de tal modo que cualquier persona pudiera reconocerlos como asesinos.

En este aspecto interviene la neurociencia, una ciencia que se encarga de estudiar el sistema nervioso y las interacciones entre sus elementos. Según esta ciencia, se han encontrado patrones que indican particularidades de los asesinos, es decir, que haciendo imágenes cerebrales, se puede saber qué persona tiene indicios asesinos o «psicópatas» antes de que ésta cometa cualquier asesinato. Esto significa que las personas que cometen un asesinato, tenían una disposición cerebral que les ha «facilitado» la mentalidad para llevar a cabo ese asesinato. Claro que no todas las personas con esa disposición mental son asesinos, ni todos los asesinos tienen esa disposición mental. Analizando más profundamente este hecho llegamos a la conclusión de que hay mentes asesinas, personas para los que la opción de matar, en sus subconscientes no es una opción remota, sino que está más al alcance de su mente que en las personas normales. Al ofrecer este planteamiento podemos llegar a la conclusión de que el instinto asesino se puede dar, y se da, muchas veces por fenómenos naturales, un cierto desarrollo cerebral que produce una tendencia hacia este trastorno mental.

Y para terminar con este tema, dejo una frase que actúa como conclusión: «No hay peor castigo que el que se imparte uno mismo al darse cuenta de lo que ha hecho y no ser capaz de volver atrás y rectificar, o sea, el arrepentimiento».

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