jueves, 3 de enero de 2013

Neurociencias y responsabilidad penal

Por Iván Hollander Serrano
Estudiante de bachillerato, Colegio Internacional Altair (Madrid)
III Concurso «Mejor entrada» del Blog Derecho y Cultura-Biblioteca de Derecho UAM

Para este tema, considero interesante empezar mencionando un libro llamado «L’uomo Delinquente» escrito por C. Lombroso en el que explica que, según sus genes, cada individuo está de alguna forma predeterminado para cometer ciertos delitos. De esta forma, se podrían evitar los crímenes antes de que fueran cometidos, lo cual crea una relación directa entre lo penal y la ciencia.

Obviamente no con la misma idea de la Italia fascista de Lombroso, pero si partiendo de una base neurocientífica, me gustaría tratar este tema de la responsabilidad penal, visto desde la locura o bajo el efecto de situaciones o sustancias que puedan perjudicar temporal o permanentemente al cerebro del criminal.

Parece lógico que un asesino debe ser castigado con una pena de cárcel. Alguien que arrebata algo tan valioso como la vida se puede considerar, como poco, malvado. Sin embargo, el nivel de maldad puede variar,  pudiendo tener, por ejemplo, a un asesino que simplemente envenena produciendo una muerte rápida cuyo objetivo es hacer desaparecer a cierta persona, o a un asesino que se divierte haciendo auténticas  barbaridades y viendo sufrir a sus víctimas. Esto ya no es un asesino, es algo que normalmente llamamos asesino psicópata.  Es aquí donde encontramos el dilema: ¿En qué punto pasa uno de ser un asesino por maldad a ser un asesino por locura?

La delgada línea que separa la maldad de la locura es apenas perceptible ya que la «altura» de esta línea depende del grado de insania del individuo. A pesar de ello, creo que para quitar una vida, se debió antes perder la cordura.

Con esto no intento decir, ni mucho menos, que todos los asesinos sean enfermos mentales y, por ello, no deban ir a la cárcel, no. Estoy diferenciando dos tipos de locura: la producida por una enfermedad real, que debe ser tratada en un hospital psiquiátrico, y la que yo, personalmente, considero locura. Baso este concepto de locura partiendo de que todas las conexiones neuronales del individuo estén correctamente. Una persona con la capacidad, no física, sino psicológica de matar, está loco. Este loco sí debe ir a cumplir condena a prisión, ya que no es un enfermo mental, es un loco, por el hecho de ser un asesino.

Así como se trata la relación locura-cordura, en relación con la neurología en su relación conla responsabilidad penal, no se debe juzgar igual a alguien bajo los efectos de la droga, ya que en este caso no tiene total dominio sobre sus acciones cerebrales y puede, por tanto, causar daños contra su voluntad. Pero, como todo, esto tiene una gran pega: ¿Y si el criminal quisiera desde un principio producir el asesinato y, conociendo que las consecuencias bajo los efectos de la droga son menores, decidiese tomar cierta cantidad para perder culpabilidad?

Son dilemas difícilmente salvables porque las únicas pruebas se encuentran en el pensamiento del culpable, de donde no se puede sacar nada excepto suposiciones e hipótesis.

Otro factor a tener en cuenta en este ámbito es la condena que debe cumplir el asesino, considerando que no padece ninguna enfermedad mental.

Como dato meramente curioso, diré que en 2011, se realizaron para la asignatura de ética y ciudadanía desde el Colegio Altair, una serie de encuestas anónimas sobre la pena de muerte. Cuando se preguntó a los entrevistados si estaban o no a favor de la pena de muerte, todos respondían un «no» seguro y sin posible vuelta de hoja. Tras una serie de preguntas, al final del cuestionario, se preguntó a cada uno de los encuestados quién era su persona más preciada. Las respuestas más usuales fueron: «mi hijo pequeño», «mi hermano/a» y «mi madre». A continuación se preguntó si en el caso de que el asesino hubiese matado a sus respectivos seres queridos, habrían deseado y considerado apropiada la pena de muerte para aquel asesino. En esta ocasión no todos los encuestados concluyeron con una respuesta negativa, sino que surgieron importantes dudas al respecto. 

La conclusión que podemos sacar de esta experiencia es que el derecho a la vida es un derecho fundamental y necesario y que no debe ser puesto en duda. Nadie duda que no se debe sentenciar a muerte a un asesino, hasta que el caso es cercano. En ese momento el sentimiento cambia. Se sustituye la visión moral por la venganza. Y esto es lógico, para ponerse en situación podemos preguntarnos : ¿Debería morir la persona que violó y mató a mi hija? 

Una vez más, no trato de justificar la pena de muerte en absoluto, mi objetivo con esta pequeña reflexión es ejemplificar la dificultad de la labor de un juez a la hora de inculcar una condena a un asesino. No debe únicamente aplicar una pena que se acerque lo más posible a lo humanamente moral y a la vez merecida por el criminal, sino que debe ser objetivo e imparcial en sus decisiones. 

1 comentario:

  1. Ahí es donde el juez debe hacer su trabajo: debe buscar Justicia (así, con mayúsculas) y no facilitar la venganza. Nuestro ordenamiento jurídico es de reinserción en la sociedad y no de castigo, aunque a veces parezca lo contrario (cuando el indulto no llega a tiempo y el condenado debe ingresar en prisión años después de haber robado para una china, a pesar de estar en el momento del ingreso, casado con un hijo pequeño y trabajando con normalidad: un dislate).

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